miércoles, 29 de junio de 2011

Porqué y cómo escribo tangos (Enrique Santos Discépolo)



Escribo tangos porque me atrae su ritmo. Lo siento con la intensidad de muy pocas otras cosas. Su síntesis es un desafío que me provoca y que yo acepto complacido... Decir tantas cosas en tan corto espacio. ¡Qué difícil y qué lindo!.
Para escribir un tango distribuyo mentalmente las incidencias centrales. Divido en partes el conflicto y atento al estado (al estado psicológico, me refiero), al estado anímico, trato de comentarlo con música. Sigo al personaje en su desconsuelo, en su alegría, en su rabia. No he pensado nunca en el otro “Estado”, con mayúscula. De haberlo hecho habría evitado la suspensión por radio de mis canciones. A veces, siguiendo a mis personajes en su alegría y su rabia, disloco mis músicas, lo que sorprende y fastidia a muchos músicos. Dicen que sacrifico la línea melódica en homenaje a la letra y están en un error. Yo rompo de intento la imagen musical trazada. Me lo exige una necesidad. Quiero que la música diga lo que luego aclararán aun más las palabras. En el reducidísimo espacio de una letra de tango vive toda una historia que salta, se aquieta, llora, ríe, comenta, maldice o se angustia. ¿Cómo sería posible que la música se independice de ello?.
Un tango es una expresión libre. Su estructura y su técnica constructiva dependen pura y exclusivamente del tema que lo mueve a cantar dándole vida. Los grandes músicos no podrán hacer nunca un tango expresivo. Los mata el tecnicismo matemático que el tango por sí rechaza.
Uso el argot por la sencillísima razón de que es más completo en la pintura. Hay estados o tipos o lugares para los cuales el símil académico es impropio por lo desusado. No entiendo por qué es más propio “robar” que “afanar”. ¿Por hábito? Bah... Lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas... Tanto la Academia, como el argot, tiene un sinnúmero de palabras que me desagradan. Utilizo de ambas las que me gustan por su sabor rotundo o pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y las hay en todos los idiomas. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiendo y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Me hacen gracia ésos que creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio, ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta?. Y el lunfardo, en su casi totalidad, se distingue por eso. Su vocablo es siempre más gráfico que el que sustituye, más poderoso y más nuestro. En “Soy un arlequín” me abstuve de usarlo porque no me hizo falta...
Mis canciones nacen así: voy caminando por Corrientes y se me aparece un tango en el oído. Primero se me ocurre la letra, es decir, el asunto. El tema me empieza a dar vueltas en la cabeza durante varios días. Hasta que de pronto estoy sentado en la mesa de un café, leyendo en mi casa o caminando por la calle y empieza a zumbarme en el oído la música que corresponde a ese estado de espíritu, a esa situación de tango. Y aquí se me presenta la tragedia porque yo no sé música. Al piano, apenas le saco cuatro notas. Aprendí violín un año y medio y nunca pude tocar medianamente bien. Y desde luego no sé escribir música. Cuando el tango me empieza a silbar en el oído corro a buscar a un amigo para que lo escriba. Muchas veces, no lo encuentro enseguida. Y aquí empieza la desesperación para que esas notas que de repente se me han presentado -porque es así, se me han presentado- no se me vayan. Entonces, empiezo a cantarlas. Y sigo cantándolas en voz alta. Aunque vaya por la calle y todos se paren a mirarme como a un loco. Aunque está en un café y de todas las mesas se vuelvan hacia mí. En ese momento, nada me importa. Lo único que me preocupa es que no se me escape mi tango. Retenerlo con el canto hasta que me lo vengan a atar a la escritura... Y así hasta que el tango quede fijo en el papel. Pero el origen del tango es siempre la calle. Por eso, voy por la ciudad tratando de entrar en su alma, imaginando en mi sensibilidad lo que ese hombre o esa muchacha que pasan quisieran escuchar, lo que cantaría en un momento feliz o doloroso de sus vidas...
Muchos tangos han sido escritos en momentos de desesperación. La canción ha salido de los autores como una reacción, como una liberación ante una situación apurada. Pasada la situación, se acabaron los tangos que no eran otra cosa que la expresión de un momento de dolor, de tristeza o de rabia. Yo, sin pensarlo, seguramente escribí cuando sentí la necesidad de oírlos. Esa misma necesidad la sienten otros y entonces el tango recibe aceptación. El personaje de mis tangos es Buenos Aires, la ciudad. Alguna sensibilidad y un poco de observación han dado la materia de todas mis letras.
Mi primer tango lo hice en una época difícil. Vivía con Armando en un departamento y él tenía ya planeada la obra Stéfano. Sólo era cuestión de ponerse a trabajar pero, no obstante la absoluta necesidad de sacar la obra adelante, única esperanza que nos quedaba entonces para sortear una difícil situación, yo era e que fallaba... Llegada la hora de ponernos a escribir, yo desaparecía en un altillo con mi guitarra... Allí me valía del sistema más raro. Compuesta una frase, trataba de sacarla en la guitarra y luego, fijándome en la posición de los dedos, la anotaba con dos números, uno que indicaba el traste de la guitarra y el otro, la cantidad de golpes que era preciso dar. Con eso bastaba. Usando esos apuntes que todavía empleo, me aprendía la pieza de memoria que tocada por mí, podía ser transcripta al pentagrama por cualquier amigo mío de ésos que saben escribir...
...En cuanto a los temas, no se trata de que yo haya intentado darle jerarquía al tango. Mi propósito fundamental fue darle un contenido humano y real...

Bibliografía: TANGO prosa y poesía de Buenos Aires, Manrique Zago Ediciones 1990

2 comentarios:

  1. qué interesante, habrá que seguir caminando por la city a ver si algún día aparece algo...

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